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Hay ciertos momentos en la vida de las personas donde uno tiene que elegir entre dos caminos. Y aunque es cierto que en ocasiones uno puede volver sobre los pasos ya dados y retomar otra senda, hay otros caminos que son como tesoros escondidos. Aquellos caminos que han sido transitados, pero por pocos, porque son caminos furtivos. Hay quienes los conocen y transitan, quienes los conocen y no lo hacen y algunos afortunados como yo, que han tenido un momento de lucidez y los hemos podido encontrar. Estos hoy en día son inútiles, improductivos. Son como calles de tierra, oscuros y sinuosos, descuidados y desprolijos frente a las brillantes calles de asfalto que son rápidas y luminosas. La verdad es que son hermosos caminos escondidos que pocas personas conocen, son caminos secretos como valles vírgenes que nadie jamás ha pisado, que conducen a lagos cristalinos y de agua tibia que reconfortan y rejuvenecen, caminos que llevan a campos llenos de flores perfumadas que bailan con la brisa de la tarde y cambian de color con ocasos de color caramelo, caminos que son para pocos, para los que supieron elegir, para los que estaban atentos, para los que estaban listos.
Yo fui afortunado, porque estaba perdido en estos laberintos de calles que dan a otras calles, de avenidas que mueren en otras avenidas , de autopistas que se curvan y te devuelven a la misma masa interminable de cemento, de callejones que no llevan a ninguna parte. Dentro de ese laberinto me creía satisfecho, me creía feliz, enceguecido por sus luces y comodidades, pero ahora veo con claridad, ahora puedo entender que estaba idiotizado en la sutil mentira que me había creado, esta mentira que creía real y última, que parecía tan verdadera en sí misma, tan sólida e indestructible. Nunca me hubiera imaginado que esa prisión-laberinto tan llena de solidez era como un espejismo que se desvanecería suavemente sin dejar rastro ante la presencia del conocimiento.
Como dije, fui afortunado. Porque la verdad vino a mi como un chispazo que iluminó el resto de mi vida. Fue gracias a ese instante de lucidez que pude ver a través del laberinto de acero transparente y caminar hacía esa calle de tierra despojada de todo.
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